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La controversia de Valladolid de 1550

Agosto de 1550. En Valladolid, donde tiene fijada su residencia el Emperador Carlos I de España y V de Alemania, arrecia el calor. El Emperador tiene 50 años y una larga experiencia como gobernante desde que a la edad de dieciséis heredó el trono de España y, sólo tres años después, las coronas de Alemania, Austria y Borgoña. Se trata de un monarca que ha librado ya cuatro guerras contra Francia; que ha sofocado el levantamiento de los Comuneros en Castilla y de las Germanías en Valencia y Mallorca; que ha librado batallas contra los musulmanes en defensa de los dominios españoles en el Mediterráneo; que está· centrado en sofocar la extensión del luteranismo en sus territorios centroeuropeos; que ha continuado la conquista y colonización de América iniciada por sus abuelos maternos y que, en definitiva, ha vivido sabiéndose el soberano más poderoso de Europa, dirigiendo un Imperio en el que no se pone el sol.

No obstante, hay una cuestión que le preocupa en torno al “descubrimiento”, “conquista” y “gobierno” de las Indias: ¿cuenta, como Emperador, con un ‘justo título’ para ‘el sometimiento de las poblaciones indígenas’?, ¿cuál es el status jurídico de los indios; cuál ha de ser el trato que han de recibir por parte de los colonizadores? El problema tiene una importante dimensión jurídica, filosófica y teológica, y el monarca es consciente de que no puede ser afrontado desde las pautas ideológicas heredadas de la Edad Media. Por ello, el 16 de abril de 1550, por sugerencia del Consejo de Indias, ordena la suspensión de todas las conquistas en el Nuevo Mundo y convoca, para el mes de agosto, la celebración de una Junta en la ciudad de Valladolid, con la finalidad de que eminentes y reconocidos humanistas dictaminen sobre la justicia o injusticia de la colonización americana.

Cierto es que ya los Reyes Católicos, al mismo tiempo que defendían los títulos romanísticos del “descubrimiento y ocupación”, solicitaron la correspondiente confirmación papal, que obtuvieron mediante las llamadas Bulas Alejandrinas de 1493. Sin embargo, las consecuencias de la lógica resistencia de los aborígenes son conocidas: guerras, malos tratos, trabajos forzados, expropiación de bienes y de tierras, reducción a esclavitud, etc., dando lugar al desplazamiento del problema inicial, pues no se trata ya de buscar un “justo título” para la conquista del territorio, sino de responder a las preguntas que formulara el dominico Fray Antón de Montesinos en la ciudad de Santo Domingo de la Isla Española, en 1511:

“¿Con qué derecho y con qué justicia tenéis en tal cruel y horrible servidumbre apuestos indios?, ¿con qué autoridad habéis hecho tan detestables guerras a estas gentes que estaban en sus tierras mansas y pacíficas?”.

Con esos precedentes retornemos de nuevo a nuestro escenario: agosto de 1550 en la ciudad de Valladolid. Las altas temperaturas que soporta la ciudad no traspasan los gruesos muros de la magnífica capilla del Colegio de San Gregorio, regido por los dominicos. Las dudas del Emperador han de resolverse y dos hombres discuten enconadamente.

Uno de ellos, Juan Ginés Sepúlveda, sacerdote de sesenta años; afamado erudito de la época, historiador y cronista real desde hace décadas; confesor del rey desde 1536; preceptor del Infante Felipe; hombre cultivado en las Lenguas Clásicas, en la Historia, el Derecho y la Teología, afirma que los indios del Nuevo Mundo no tienen alma, que es lo mismo que decir que han nacido para ser esclavos.

Frente a él, Bartolomé de las Casas, sacerdote dominico de sesenta y seis años, ardiente defensor de los nativos americanos, cree que nada diferencia a los indios de cualquier otro ser humano. En torno a ellos, catorce jueces escuchan y valoran las diferentes tesis, entre ellos figuran los eminentes teólogos Melchor Cano y Domingo de Soto; también especialistas en América como Bernardino de Arévalo y Gregorio López; un representante del Consejo de Indias, otro del Consejo Real y un consejero de Inquisición, entre otros.

El debate es beligerante, profundo y en cierta manera premonitorio. El lenguaje es depurado, culto, barroco en la forma pero profundamente renacentista en el fondo. Como renacentista es el hecho de que el soberano de un gran Imperio pregunte a un grupo de expertos si es lícita la consolidación y extensión de su Imperio en las colonias de América, y si se acomodan a la moral los métodos de sometimiento que se están practicando sobre los indígenas.

El debate se desarrolla a puerta cerrada y se alargar durante ocho meses (hasta abril de 1551). Se trata de una cuestión de Estado y se le da un carácter secreto. No se toma nota escrita del contenido de las discusiones, y sólo se conservan los alegatos de los contendientes, publicados años después en forma de libros. De la respuesta que se dé a la pregunta va a depender, durante siglos, la suerte de decenas de millones de hombres: ¿Son los indios del Nuevo Mundo, hombres con alma como los conquistadores?

Los argumentos y las posiciones intelectuales de ambos contendientes están condicionados, como no podía ser de otra manera, por su propia trayectoria personal. Bartolomé de las Casas con tan solo veinte años había viajado a la Isla de La Española (actual Santo Domingo) para hacerse cargo de una encomienda de indios (pues su padre había acompañado a Colón en su segundo viaje a América). Allí entra en contacto con los indígenas y, pocos años después, renuncia a este modo de explotación repudiando la crueldad empleada por los colonos. En 1512 fue ordenado sacerdote (se trata del primer sacerdote español ordenado en América) y viaja a la isla de Cuba. Movido por una acérrima defensa de los derechos humanos, se dedicó de lleno a defender a los indios y a intentar garantizarles un status acorde con su dignidad de seres humanos.

En 1535 sus ideales le impulsan a regresar a España para mantener una entrevista con el Emperador Carlos V, a quien le propone un programa de colonización pacífica en las tierras colonizadas, programa que, desde nuestra perspectiva del S. XXI, se podría calificar de moderno y ambicioso. Podemos intuir que el dominico es persuasivo pues el Emperador accede a que lo ponga en práctica en una zona de lo que es la actual Venezuela; pero también podemos deducir que es perseverante, pues en 1540 de Las Casas vuelve a visitar a Carlos I en Valladolid, e intenta trasladarle las nuevas ideas del Derecho de Gentes difundidas por Francisco de Vitoria impulsando, en 1542, la promulgación de las Nuevas Leyes de Indias, que propiciaban un trato más justo para los indígenas y la lucha por la abolición de las encomiendas.

En esta época renuncia al importante obispado de Cuzco, pues considera que le alejaría de su labor de defensa, “a pie de obra”, de los derechos de los indios y en 1546 se traslada a Méjico, donde finalmente fue nombrado obispo de Chiapas. Sin embargo su vehemente defensa de los derechos de los indígenas le granjeó la enemistad de los colonos y provocó su regreso definitivo a España en 1547.

Estas rápidas pinceladas biográficas nos proporcionan un breve boceto de uno de los protagonistas de la controversia de Valladolid. Es un hombre que sabe de lo que está hablando: ha vivido muchos años en América y conoce de cerca la realidad que viven los indígenas en las tierras que hoy constituyen Santo Domingo, Perú, Cuba, Venezuela, Méjico o Guatemala. Pero además, es un importante teólogo y jurista que conoce profundamente la doctrina del Derecho de Gentes de Francisco de Vitoria y aunque enfoca la problemática de la conquista americana desde las coordenadas de la teología moral propias de la época, esto es, sobre la base de unos principios aristotélicos iusnaturalistas, no le interesa, como a la mayoría de los pensadores contemporáneos, la verdad teórica o el valor técnico de un texto filosófico o jurídico, sino su valor práctico al servicio de una idea que le obsesionar durante toda su vida: la defensa de los indios y de sus derechos como personas.

Frente a él, Juan Ginés de Sepúlveda. Se trata de un importante erudito, vinculado a la Corte desde hace años. Traductor de los clásicos, formado en Bolonia y Roma (en donde residió durante cerca de veinte años), gran conocedor de la obra de Aristóteles, y autor de múltiples obras historiográficas, filosóficas y doctrinales. Sin embargo, nunca viajó a América y no conoce de cerca la realidad de las colonias. Sepúlveda defiende el derecho de España, como nación civilizada, a someter mediante las armas a quienes califica como “salvajes”, oponiéndose abiertamente incluso a las normas del Consejo de Indias. Las ideas de Aristóteles estuvieron muy presentes en su discurso, y en ellas se apoya para afirmar:

“La primera razón de la justicia de esta guerra o conquista es que, siendo por naturaleza siervos los hombres bárbaros (indios), incultos e inhumanos, se niegan a admitir el imperio de los que son más prudentes, poderosos y perfectos que ellos, imperio que les traerá grandísimas utilidades”.

En definitiva, para Sepúlveda la dominación que Europa ejerce sobre América y, por tanto, sobre las culturas que allí se encuentran, es una acción pedagógica que se convierte en una “violencia necesaria” (guerra justa). Es la consecuencia de lo que califica como “inmadurez culpable” de los indios. Así, el conquistador europeo no sólo es inocente, sino meritorio, puesto que ejerce una violencia emancipadora.

“Qué cosa puede suceder a estos bárbaros, más conveniente ni más saludable, que el quedar sometidos al imperio de aquellos cuya prudencia, virtud y religión los han de convertir de salvajes (tales que apenas merecen el nombre de seres humanos) en hombres civilizados, en la medida en que puedan serlo”.

Sepúlveda niega la dignidad y la “alteridad” de otras culturas, así como su derecho a defenderse frente al opresor y, como argumento de autoridad, se remite a Aristóteles, para quien “lo perfecto debe imperar y dominar sobre lo imperfecto; lo excelente sobre lo contrario”. Ideas que, por otra parte, imperan en la mentalidad eurocentrista de finales del S XV y mediados del XVI, conocida como la Doctrina del Descubrimiento, en virtud de la cual se negaba absolutamente a los indígenas su calidad de personas, de sujetos, e incluso de seres humanos. En correspondencia con esa doctrina, no se consideraba a los indígenas sujetos de derecho y, por tanto, no podían realizar ningún tipo de negocio, ni de acto jurídico.

Por el contrario, los argumentos de Bartolomé de las Casas presentan a las personas originarias de América como seres humanos racionales y libres de proyectar su propia vida y de defender su cultura autóctona. De las Casas plantea, entre otras cosas, la ilegalidad de mantener las Encomiendas a perpetuidad y expone las consecuencias desastrosas que podría acarrear a la comunidad indígena.

Para este humanista, se debe intentar “civilizar” al indio sin destruir su cultura o sus costumbres y en sus argumentaciones alcanza un alto grado de conciencia crítica, tanto respecto de la filosofía imperante en la época como respecto de los métodos utilizados por los colonos. Sus argumentos, aún desde los parámetros del S. XXI, resultan extremadamente modernos, pues para De las Casas “se ha de cristianizar contando con la cultura y costumbres del otro”. Es más, afirma que sólo desde la argumentación racional y desde los métodos pacíficos, se puede convencer al gentil sobre la religión católica. Argumentos que deja claros en su obra “Del único modo de atraer a los pueblos a la verdadera religión”, escrita en 1536.

En cierto modo es inevitable establecer un paralelismo entre las ideas que defiende De las Casas y “la inclusión del otro”, a la que Jürgen Habermas dedicaba recientemente una monografía, porque ambos nos coloca ante un profundo interrogante que dista de estar resuelto al día de hoy: ¿la inclusión del “otro” implica que los límites de la comunidad están abiertos para todos, también para aquellos que son extraños y quieren continuar siendo extraños?. En el S. XVI el problema emerge del colonialismo; en el S. XXI de una globalización despiadadamente asimiladora y unificadora, y de unos procesos de inmigración no siempre bien entendidos por la sociedad de acogida.

Pues bien, la discusión intelectual entre De las Casas y Sepúlveda, que ha pasado a la historia con el denominación de la controversia de Valladolid, supuso un hito en la historia de Occidente, porque planteó una pregunta que sirvió de punto de partida para el nacimiento de una corriente filosófica (aunque minoritaria y desgraciadamente no seguida por el poder dominante) tendente al reconocimiento de los derechos humanos desde una perspectiva asombrosamente moderna, esto es, desde la posición del indio, del “otro”. Esto es, no a partir del esquema imperante en el imperialismo y, por tanto, no a partir de un paradigma pretendidamente universal e indiscutible, sino desde la defensa de los presupuestos culturales de los indígenas.

Por ello, tras una lectura detenida de algunos de los escritos de Bartolomé de las Casas, no creo que sea muy aventurado afirmar que se trata de un precursor del multiculturalismo, pues nos encontramos ante un defensor de los derechos de los indios que, lejos el paternalismo de quien se cree superior, acepta y defiende férreamente su propia identidad, esto es, sus costumbres, su cultura, en definitiva y como venimos diciendo, su “alteridad”. Con seguridad, lo verdaderamente “revolucionario” del planteamiento de De las Casas es que afirma la condición humana del indio no por mera caridad cristiana, sino que lo hace comprendiendo que el etnocentrismo vigente para definir esa condición no era el único criterio válido. En proclamar la humanidad, racionalidad, libertad personal y colectiva de los pueblos indígenas, partiendo de la defensa de sus propios valores culturales radica, precisamente, el carácter innovador del pensamiento de Bartolomé de las Casas.

Así transcurrió la Controversia de Valladolid. ¿Quién ganó? Formalmente ninguno de los dos. La mayor parte de los teólogos presentes en la capilla del Colegio de San Gregorio se inclinaron por De las Casas; mientras que los juristas apoyaron a Sepúlveda, pero no hubo sentencia oficial. Los jueces se dispersaron después de la sesión final, y durante años el Consejo de Indias estuvo luchando para que dieran sus pareceres por escrito. A Fray Melchor Cano, por ejemplo, se le pide que no parta para Trento sin dejar por escrito un informe sobre el tema, que debería enviar al Marqués de Modéjar, Presidente del Consejo de Indias. Sin embargo en 1557, trascurridos cinco años desde su vuelta del Concilio, se le vuelve a reclamar su parecer pues aún no lo había remitido. Otros de los jueces sí llegaron a emitir su informe, pero estos expedientes escritos jamás llegaron a ser publicados o difundidos y, por otro lado, tampoco alcanzaron una decisión colegiada.

¿Cuál fue, entonces, el verdadero resultado de la gran disputa de Valladolid? Una consecuencia esperada fue que Sepúlveda se convirtió en el referente de los conquistadores. El cabildo de la Ciudad de México, la más rica y más importante de todas las Indias, reconoció agradecida lo que había hecho en su favor, y en prenda de su aprecio y “para animar en el porvenir a que lo prosiga”, votó el 8 de febrero de 1554 “que se le envíen algunas cosas desta tierra de joyas y aforros hasta el valor de 200 pesos”. Sin embargo, su doctrina no triunfó y no logró publicar en vida sus diversas apologías pues el Consejo de Indias negó tal licencia. Es más, el Consejo Real de Castilla decidió solicitar de las Universidades de Salamanca y Alcalá de Henares un dictamen sobre si debía imprimirse o no dicha obra. A finales de 1557 las Universidades consultadas emitieron un parecer desfavorable.

Por el contrario, De las Casas pudo publicar en Sevilla, en 1552, una serie de tratados en los que daba su versión de la Disputa de Valladolid. No obstante, ni el Imperio abandonó las Indias, ni el proceso de colonización terminó, y las Encomiendas se mantuvieron. En 1556, el Emperador dictó de nuevo órdenes permitiendo a sus virreyes en América dar licencias para nuevos descubrimientos. Sin embargo, De las Casas continuó presentando memoriales al Emperador y al Consejo de Indias y hasta trató de que el Papa excomulgara y anatematizara a cualquiera que considerase justa la guerra contra los indios y, en cierto modo, a él se le debe que la conquista de las Filipinas de 1570 en adelante, se hiciera de forma mucho más pacífica.

“Lo pasado, como lo que ha dejado de hacerse, no tiene remedio; atribúyase a nuestra debilidad siempre que se haga restitución de los bienes impíamente arrebatados (…). Si esto se hace así, estoy convencido de que ellos abrazarán la doctrina evangélica, pues no son necios ni bárbaros, sino de innata sinceridad, sencillos, modestos, mansos y, en habilidad y dotes naturales, superan a muchas gentes del mundo conocido”.

La controversia de Valladolid ha sido publicada a casi todos los idiomas del mundo, y se considera el origen de la lucha por los derechos humanos, de la tolerancia y del respeto a las diferencias.

Autora: Mª del Camino Vidal Fueyo. Profesora Titular de Derecho Constitucional – Universidad de Burgos

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